Saudade

En pleno siglo XXI somos capaces de pagar con soportes magnéticos, creamos metaversos, invertimos en bitcoins, encontramos una vacuna en seis meses capaz de frenar una pandemia y ponemos en auge el teletrabajo. Mientras nos las damos de «modernos» y «avanzados», fracasamos de manera plural a la hora de sentarnos a conversar y llegar a un acuerdo en beneficio común para esa globalización que tantas veces nombramos en vano, cuya voluntad de conseguir se desvanece en cuanto la pronunciamos.

Esto no hace más que poner de manifiesto la velocidad a la que todo gira a nuestro alrededor, e incluso el ritmo al que fluyen y se desvanecen las emociones sin tan siquiera llegar a sentirlas. Al mismo tiempo, evidencia que esa misma aceleración nos arrastra a una espiral donde resurgen nuestros instintos más primarios, la ley del más fuerte y el ansia de poder, mostrando nuestra cara más vulnerable, inseguridades y miedos. La ira y la ambición nos hacen olvidar la empatía, sin importar mancharnos las manos para ganar la competición. Porque eso parece ser lo único que importa: ganar.

Y entre tanta tristeza, impotencia e incertidumbre, emerge un sentimiento más latente que nunca, que nos obliga a recapacitar.

«Saudade es un sentimiento de añoranza, no necesariamente triste. Saudade es recordar ese momento en el que te sentiste feliz con lo que hacías y con quien compartías. Es recordar con melancolía y dulzura haber vivido momentos únicos y desear repetirlos.»

Para ello hace falta seguir soñando con los pies en el suelo y sin mirar atrás. Porque en este viaje que nos ha tocado recorrer sin escogerlo, transitando por caminos que jamás imaginamos, solo nos queda seguir creando metas que, al plasmarlas en el papel, se transformen en proyectos. Sigamos añorando desde la alegría de haber vivido. Sí, ¡vivido! Y así nos invade de nuevo ese sentimiento: saudade.

Rijksmuseum en Ámsterdam
Rijksmuseum, Ámsterdam.

«El viajero vuelve al camino. No es verdad. El viaje no acaba nunca. Solo los viajeros acaban. E incluso estos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: «No hay nada más que ver», sabía que no era así. El fin de un viaje es solo el inicio de otro.

Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba.

Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino.»

José Saramago

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