En pleno siglo XXI somos capaces de pagar con soportes magnéticos, creamos metaversos, invertimos en BitCoins, encontramos una vacuna en 6 meses capaz de frenar una pandemia, ponemos en auge el teletrabajo y mientras nos las damos de “modernos” y “avanzados” fracasamos de manera plural a la hora de sentarnos a conversar y llegar a un acuerdo en beneficio común para esa globalización que tantas veces nombramos de manera gratuita y que la voluntad de conseguirla se nos olvida en el momento de decirla.

Esto no hace más que poner de manifiesto la reflexión de El Tiempo en la que hablaba de la velocidad a la que todo gira a nuestro alrededor, incluso a la velocidad que fluyen y se desvanecen las emociones sin ni siquiera llegar a sentirlas. Y al mismo tiempo, poner en evidencia que precisamente esta velocidad nos lleva a una espiral donde resurgen nuestros instintos más primarios, la ley del más fuerte y el ansia de poder, mostrando nuestra cara más vulnerable, inseguridades y miedos. Haciendo que la ira y la ambición nos hagan olvidar la empatía, no nos importe mancharnos las manos de sangre y ganemos la competición. Porque eso es lo que importa, ganar.

 

Y entre tanta tristeza, impotencia e incertidumbre recuerdo un sentimiento más latente que nunca, que nos obliga a recapacitar.

 

«Saudade:
Saudade es un sentimiento de añoranza, no necesariamente triste. Saudade es recordar ese momento en el que te sentiste feliz con lo que hacías, con quien compartías. Es recordar con melancolía y dulzura haber vivido momentos únicos y quererlos repetir»

Y para eso hace falta seguir soñando con los pies en el suelo y sin mirar atrás. Porqué este viaje que nos ha tocado vivir sin escogerlo transitando por caminos que no imaginamos nunca, no nos queda otra que seguir creando metas que al plasmarlas en un papel, se conviertan en proyectos.
Sigamos añorando desde la alegría de haber vivido. Sí, ¡VIVIDO!
Y así, nos invade ese sentimiento…Saudade.

 

El viajero vuelve al camino
“No es verdad. El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: ”No hay nada más que ver”, sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba.
Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino.”
«José Saramago»

 

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